No sé en qué orden
aprendí a andar, leer o escribir. Tampoco me acuerdo si
lo hice sola o alguien me enseñó.
Sí recuerdo
perfectamente la primera vez que cayó en mis manos “Viaje al
centro de la tierra” de Julio Verne y descubrí lo que
significaba la aventura maravillosa de leer. Tengo presente, como
me senté junto a mi querido abuelo y le mostré ansiosa las
páginas de aquel libro.
-¿Qué dice aquí…? No
sé leer, Raquelita- contestó apesadumbrado
-No te preocupes
abuelo, te enseñaré- le dije con firmeza
No podía permitir que mi
abuelo se perdiera todo aquel mundo mágico que se abría ante mis ojos. Así que
escribí las vocales en una pizarra, bien grandes, para que aquellos ojos
pequeñitos y gastados pudieran leerlas y me empeñé en enseñárselas.
Pero pasaba el tiempo y el viejit, me resultaba poco
aplicado, lo que me provocaba una gran frustración.
Consciente de eso mi querido abuelo, una de
aquelllas tardes en la que incansable, ejercía de maestra , me dijo:
-Mira ¿hacemos una cosa?
tú me lees lo que pone en ese libro y yo te diré los cantares que me enseñaron los
viejos de antes y romances que aprendí cuando fui a Cuba-
Acto seguido, empezó a recitar con
parsimonia , mientras encendía la cachimba …
“Dice Manuel García
que si no le dan centeno
le mete fuego a los trenes
y mata a la
policía..”
-¿ Quién es Manuel García,
abuelo? -Pregunté con curiosidad.
-Era un
bandido cubano que robaba a los ricos para dárselo a los
pobres. Eso lo cantábamos cuando cortábamos la caña, porque yo estuve en Cuba…
Enseguida pensé en
Robin Hood, pero no dije nada nada, porque
en ese momento entendí que mi abuelo, a pesar de
ser analfabeto, era un hombre sabio…
Hoy puedo decir que aunque
los libros me han enseñado casi todo lo que sé, de los mayores aprendí otras
muchas cosas que no están escritas.