Tenemos que aprender a olvidar para sobrevivir, pero hay hechos que nos marcan irremediablemente.Con sólo ocho años presencié una escena en la escuela, que nunca olvidaré. Porque fue en ese momento cuando probablemente descubrí y fui consciente de lo que significaba la palabra crueldad.
Recuerdo a un niño, se llamaba Jaimito.Podría parecer que voy a hablar de ese personaje travieso y soez en ocasiones que ilustra el mundo de los chistes, pero nada más lejos de la realidad...Se llamaba Jaimito y era un “borderline”, en castellano un pequeño con una deficiencia mental límite.No hacía falta ser experto en Psicología para darse cuenta.Los propios niños sabíamos que era distinto.Aún así, a pesar de su diferencia yo le tenía en estima, no era malo en sus relaciones con los demás, eso sí, poco aplicado, no atendía en clase, permanecía absorto, parecía estar en su propio mundo... y lo que quizás fuera significativo para el hecho que estoy narrando: era pobre (o más pobre que la media, en este caso)
Un día aciago coincidió que estaba en la escuela el marido de la maestra que por cosas de la mala suerte, era maestro también. ¡Dos maestros del Régimen Franquista! Esos de “la letra con sangre entra”.Jaimito llegó 15 minutos tarde y enseguida el maestro se fue hacia él, desafiante, increpándole:
-¡Llegas tarde otra vez!. ¡Te voy a hacer unas preguntas y pobre de ti como no las sepas!. ¿Cuántas son las islas Canarias?-
-Lanzarote, Gran Canaria, no me sé más…- balbuceó haciendo un ligero amago por echar a correr.
Rápidamente ella, la maestra, lo agarró por los brazos para sujetarlo y él, el maestro, la emprendió a cachetadas con la mano abierta, recordándole el nombre de cada isla con cada bofetada que le asestaba.Golpes que recuerdo martilleando en mis oídos y en mi corazón. Mientras, el niño trataba inútilmente de zafarse llorando, ante la mirada aterrada de todos nosotros.(¿Por qué no hicimos nada?) Cuando acabó, exhausto, giraron las tornas. Él lo sujetó y ella, con el rostro desencajado y completamente desmelenada, le asestó otras siete bofetadas y cuatro más, ya que incluyó las islas menores, es decir: La Graciosa, Alegranza, Montaña Clara, y la Isla de Lobos.
Jaimito, cuando pudo zafarse de aquellas bestias, salió corriendo.No volvió a clase. Ni lo vi nunca más, pues sus padres se mudaron a la ciudad. Con los años supe que fue carne de cañón de la calle.
Siempre quise olvidar aquello, de hecho lo olvidé. Hace unos días, el destino me presentó a la pareja de maestros paseando con sus nietos y me vino a la memoria éste y otros recuerdos similares.
Ahora sé que estoy marcada, aunque las bofetadas se las llevara Jaimito. Estoy marcada, sobre la piel de otro.

