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Recuerdos

martes, 8 de octubre de 2013

El Alcairón

 
 
Mi abuelo hablaba con los pájaros. No, no estaba loco. La mayoría de los campesinos lo hacen. Bueno, lo hacían; porque donde vivo ya casi no quedan: Ni campesinos, ni agricultura, ni  casi quedan pájaros. Como iba diciendo conocía sus chasquidos y sus trinos y sabía diferenciarlos perfectamente. Entendía sus costumbres, sus rituales… es más, yo diría que sabía distinguir perfectamente unos de otros dentro la misma  especie.
Sobre todo le gustaban los alcairones, pájaros beneficiosos dónde los haya ya que limpian de insectos, ratoncillos y lagartijas los cultivos. Muchas veces, cuando le acompañaba al campo, permanecía  ratos observándole mientras trabajaba pues los  pájaros  revoloteaban a su alrededor cantando y amenizando su trabajo con sus sonidos. Cuando alguno se  le acercaba demasiado, paraba de  hacer  las labores   y cantaba:
 
Alcaironcito de Dios
si buenas noticias son,  
canta para mí,  alcairón.
Y si son malas noticias
vete con Dios , alcairón.
 
Y entonces el pajarillo se iba o se quedaba, según el caso. Si se quedaba mi abuelo me decía:
-¿Ves? Vamos a recibir buenas noticias. Me lo ha dicho el alcairón.
Un día le pregunté quién le había enseñado a  comprenderlos. Me contó que existía una costumbre antigua que consistía  en colocar  hilos  cruzados  a lo largo de los sembrados para evitar que los cuervos destruyeran el trabajo de todo un mes, ya que eran  capaces  de  desenterrar un cercado de millo recién plantado. (Según mi abuelo  los cuervos, eran los pájaros más listos, con muy “malas ideas”, tanto que  incluso algunos sabían utilizar nuestras palabras). Me siguió contando que cierto día llegó al terreno y encontró  un alcairón  atrapado   entre los hilos. Enseguida se prestó a liberarlo desenredándole las patitas, pues no tenía ningún otro daño.
El pajarillo salió volando,  cantando y dando vueltas a su alrededor. Desde  ese momento,  cada vez que lo veía aparecer, al subir la pequeña cuesta  del camino que conducía  hasta la huerta, escuchaba su  canto. Lo estaba esperando. Alguna vez lo encontró alicaído y encapotado  y se   marchó a  casa con la zozobra de que  iba a  recibir alguna mala noticia. Pero el resto de los días, durante mucho tiempo, le hizo sonreír y le enseñó a comprender el lenguaje de los pájaros.
 

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