Mi abuelo hablaba con los pájaros. No, no estaba loco. La mayoría de los
campesinos lo hacen. Bueno, lo hacían; porque donde vivo ya casi no quedan: Ni
campesinos, ni agricultura, ni casi
quedan pájaros. Como iba diciendo conocía sus chasquidos y sus trinos y sabía
diferenciarlos perfectamente. Entendía sus costumbres, sus rituales… es más, yo
diría que sabía distinguir perfectamente unos de otros dentro la misma
especie.
Sobre todo le gustaban los alcairones, pájaros beneficiosos dónde los haya
ya que limpian de insectos, ratoncillos y lagartijas los cultivos. Muchas
veces, cuando le acompañaba al campo, permanecía ratos observándole
mientras trabajaba pues los pájaros revoloteaban a su alrededor cantando y amenizando
su trabajo con sus sonidos. Cuando alguno se le acercaba demasiado,
paraba de hacer las labores y cantaba:
Alcaironcito de Dios
si buenas noticias son,
canta para mí, alcairón.
Y si son malas noticias
vete con Dios , alcairón.
Y entonces el pajarillo se iba o se quedaba, según el caso. Si se quedaba
mi abuelo me decía:
-¿Ves? Vamos a recibir buenas noticias. Me lo ha dicho el alcairón.
Un día le pregunté quién le había enseñado a comprenderlos. Me contó
que existía una costumbre antigua que consistía en colocar
hilos cruzados a lo largo de los sembrados para evitar que los
cuervos destruyeran el trabajo de todo un mes, ya que eran capaces
de desenterrar un cercado de millo recién plantado. (Según mi
abuelo los cuervos, eran los pájaros más listos, con muy “malas ideas”,
tanto que incluso algunos sabían utilizar nuestras palabras). Me siguió
contando que cierto día llegó al terreno y encontró un alcairón
atrapado entre los hilos. Enseguida se prestó a liberarlo desenredándole
las patitas, pues no tenía ningún otro daño.
El pajarillo salió volando, cantando y dando vueltas a su alrededor.
Desde ese momento, cada vez que lo veía aparecer, al subir la
pequeña cuesta del camino que conducía hasta la huerta, escuchaba su canto. Lo estaba esperando. Alguna vez lo
encontró alicaído y encapotado y se marchó a casa con
la zozobra de que iba a recibir alguna mala noticia. Pero el resto
de los días, durante mucho tiempo, le hizo sonreír y le enseñó a comprender el
lenguaje de los pájaros.
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